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CONTROL DE LECTURA. “LA NACION VS. LAS REGIONES.”

25 Sep

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CONTROL DE LECTURA. “LA NACION VS. LAS REGIONES.”. DE LA ANTOLOGÍA  “FORMACIÓN DOCENTE Y EDUCACIÓN BASICA EN…”

El autor resalta cómo en sus principios el regionalismo jugó un papel de conciencia regional que desembocaría en el movimiento de independencia y a la postre en una guerra civil a través de la cual se buscaba configurar un proyecto de nación. Afirma que para consolidar el Estado mexicano se tuvo que recurrir a la conjugación de los intereses locales con los nacionales. En este proceso los dirigentes políticos apelaban a lo nacional mi entras que las elites locales hacían un reclamo y defensa histórica de la participación regional.

En la siguientes páginas deseamos explorar hasta qué punto las identidades territoriales constituyen un factor político en México. No el único ni el más importante, pero susceptible de ser potenciado por otros conflictos centrales que cruzan 4 la sociedad mexicana. Creemos que la existencia de, una sociedad regional constituye un marco y casi un instrumento que diversas clases sociales han podido utilizar sucesivamente para sus fines políticos. En tales. Reivindicaciones se entrelazan regionalismos burgueses y conservadurismos populares, pero también manifestaciones de autodefensa que en determinadas ocasiones clan lugar a expresiones sociales y políticas de profunda radicalidad.

Historia de un ombligo

El país no nació de la convergencia de una serie de regiones que poco a poco se fueron dotando de un centro begemónico y una unidad política mayor. Por el contrario, la preeminencia de la ciudad de México ha sido una constante desde el principio.

El desarrollo de gran parte del territorio nacional, y sus respectivos grupos, históricamente ha estado vinculado al desarrollo de un mercado, una comunidad y un Estado nacional. Esto es particularmente observable durante el porfiriato y a todo lo largo del presente siglo.

En el principio va el centro

La explotación y control de la población indígena requirió del establecimiento de una vasta orga­nización técnica y política. La elección de Tenoch­titlan como cimiento de la nueva sociedad responde a esta necesidad. El sitio, además de una ubicación estratégica en el centro del mundo indígena, gozaDel de una estructura preexistente de tributación que, en un primer momento, los españoles aprovecharon del viejo imperio azteca.

La ciudad de México nació grande y po­derosa. El profundo centralismo de la socie­dad mexicana deriva en parte de este hecho. Su centralismo en una acto fundante, pero también una determinación histórica. Al arrasamiento meticuloso del imperio azteca sobrevivió el asiento de su poder, el valle de México. Tenochtitlan

Los orígenes del regionalismo

Sin embargo, la colonización y la ocupación del territorio durante la Colonia comenzarían a gestar grupos de interés regional. Las reformas borbónicas alentaron la conformación de estos grupos y su enfrentamiento con la burocracia civil, religiosa y militar de la capital (David Brading, 1975). El trabajo de Eric Wolf sobre el Bajío (1972) ilustra en qué medida el desarrollo de una conciencia regional entre diversos grupos sociales del Bajío, constituyó un elemento central para explicar las luchas insurgentes.

El resultado fue una permanente guerra civil apenas interrumpida por el inicio de un nuevo gobierno. La incapacidad de las oligarquías para encontrar una fórmula viable de alianza política significó en la práctica la carencia de un Estado reemplazante de la admi­nistración colonial. La ausencia de un eje ordenador propició la fragmentación de la vida económica, social y política del país. En este marco de fragmentación económica, luchas civiles y disputa por proyectos alternativos de Estado, las identidades de base territorial comenzarían a adquirir mayor sustancialidad. Los grupos de poder regionales y en general las corrientes Federalistas recogieron los sentimientos de pertenencia local y parroquial ismo y los dotaron de un impulso político. La constitución de estados federados y el reclamo a su soberanía fueron la contraparte del desarrollo de una conciencia regional.

DON PORFIRIO Y LAS ÉLITES REGIONALES:

UN CENTRALISMO MATIZADO.

Al margen de su diferencias, las clases dominantes coincidían en la necesidad de un espacio económico nacional y de la institucionalidad de la vida política del país. Los proyectos de ferrocarril existían desde los años treinta (Peter Rees, 1976, p. 106), los de una banca eficiente son incluso anteriores (José Antonio Batiz, 1980, p.172) y los clamores por un país pacificado son permanentes a lo largo del siglo XIX. Sin embargo, cada vez era más claro que la implementación de dichos proyectos tenía como condición necesaria la formación de un Estado capaz de dar una dimensión nacional a los procesos económicos y políticos del país.

En relación al tema que nos ocupa, estos procesos tendrán dos profundas consecuencias. Por una parte, la emergencia de una nueva racionalidad; por otra, la despolitización de las identidades regionales.

Las formas de organización espacial se mo­dificaron sensiblemente como resultado de una inserción diferencial al mercado nacional y externo. Los centros gravitaciones de la economía comenzaron a desplazarse hacia el norte y el sureste, en detrimento de las regiones tradicionalmente importantes como el Bajío y Puebla.

En este punto cabría preguntarse las modalidades que asumen las relaciones entre las oligarquías regionales y el Estado porfirista. Es obvio que dicha articulación varía de región en región, dependiendo de un cúmulo de factores: las funciones que adopta la región con respecto al mercado interno y externo; la posibilidad de las oligarquías regionales de articularse directamente al capital externo (ejemplo Yucatán); el grado de hegemonía de los grupos dominantes locales sobre la formación política y social regional.

REGIONES REVOLUCIONARÍAS, REGIONES REVOLUCIONADAS

En algunas regiones dicha resis­tencia dio lugar a insurrecciones de amplia enver­gadura. Por lo general los grupos revolucionarios re­currieron a la movilización popular para quebrar la base de poder de las élites locales. El agrarismo y la sindicalización proporcionaron una base social para los proyectos de recambio político regional. En la mayoría de los casos el proceso culminó en una recomposición de la relación entre poderes locales y poder central, siempre a favor de este Último.

En otras regiones en cambio el proceso de redefinición se desenvolvió de una manera ra­dicalmente distinta. Destaca el caso de algunas zonas en que las oligarquías tradicionales que­daron intactas, pero enfrentadas a grupos re­volucionarios locales de mediana importancia. La situación derive) a experiencias sumamente radicales, en los casos en que estos grupos pu­dieron articular un proyecto político coherente, apoyado en organizaciones sociales de base regional.

LA NACIONALIZACION DE LA PROVINCIA

Dentro de este esquema, la situación de cada estado, y al interior de cada entidad, presenta muchas peculiaridades. Hay gobernadores débiles y gobernantes fuertes; regiones con posiciones de fuerza y regiones absolutamente subordinadas; grupos de poder regional con capacidad de negociar frente a los intereses foráneos y regiones que son territorio inerme frente a tales intereses. Por una parte, el contraste reside en la importancia económica de la región y el grado de articulación de los grupos que regentean la acumulación regional. A ese respecto destacan aquellas zonas vinculadas a la exportación o a los intereses del capital transnacional, sin pasar por la mediación de las élites nacionales.

Por otra parte, la fuerza de una región, y de sus dirigencias locales, frente al centro se encuentra en el grado de cohesión de la propia regionalidad.

En las zonas de agricultura temporalera y tradicional las formas de organización política son muy diversas. Las peculiaridades de cada región matizan fuertemente cualquier caracterización general, pero pueden distinguirse los siguientes elementos: diversas modalidades de caciquismo; preeminencia de una burguesía rural asentada en ciudades medias y pequeñas, que se apropia y traslada a los circuitos urbanos los excedentes locales, vía la intermediación, acaparamiento, comercio de implemento e insumos, transporte y agiotismo; el papel mediatizador de las centrales campesinas y de la institución ejidal como aparato de estado; el involucramiento de los funcionarios de las agencias públicas en la vida política de la comunidad rural.

EL PROBLEMA DE LA CONSTRUCCIÓN DE SUJETOS REGIONALES

Pero el control de los recursos y las decisiones ha constituido también un poderoso instrumento de la burocracia central en la relación a las burguesías regionales. No sólo por la relación de fuerza que otorgan estos recursos, sino por la potencialidad que mantiene el Estado para movilizar a los sectores populares locales sin pasar por la mediación de estas burguesías.

Un viejo axioma político señala que los sujetos se constituyen en la lucha (no son entidades preexistentes a ésta). El horizonte político regional revela hasta qué punto la premisa sigue siendo vigente: la pobreza de escenarios de confrontación explica en parte la ausencia de actores organizados de los grupos subordinados. Todo conflicto pasa por el Estado y no por la confrontación diametral de los grupos locales. Con su enorme constelación de recursos el Estado central es capaz de mediatizar, postergar, cooptar, atomizar y eventualmente repri­mir las demandas e impugnaciones.

Paradójicamente, pese a la profunda desigualdad social que acusan amplias regiones del país, en términos políticos la configuración clasista se encuentra sumamente desdibujada. La ausencia de conflictos canalizados regionalmente inhibe la identificación entre los distintos miembros de las clases trabajadoras y, en esa medida, limita su expresión política.

LÍMITES Y POSIBILIDADES DE UN REGIONALISMO CONTESTATARIO

Extrañamente, las políticas de descentralización han acentuado este descrédito. En parte por la presión de los grupos regionales, pero sobre todo por la crisis fiscal y administrativa del Estado, el centro ha intentado devolver a los gobiernos locales el control de algunos servicios y recursos. Este ha sido uno de los huevos de la política económica más cacareados en los últimos tres sexenios. Los resultados han sido insuficientes, por decir lo menos. A la postre las expectativas generadas por tales programas han provocado más frustraciones en los grupos locales que el centralismo desembozado de épocas anteriores.

El problema de estas políticas es de origen. Por una parte la dirigencia nacional busca desembrazarse de servicios y obra pública de di­fícil administración, sin replantear las relacio­nes de poder entre los grupos locales y los nacionales. Por otra parte, mediante estas polí­ticas, el Estado central ha buscado un mayor involucramiento e incorporación de las élites regionales a la política oficial, pero se ha visto maniatado por su profunda desconfianza en la fidelidad política y en la capacidad técnica de los grupos locales.

En la perspectiva de la democracia, cada cultura regional existente puede ser un elemento de fermen­tación y de estímulo en el desarrollo de una cultura nacional renovada y más plural.

La premisa “nación vs. regiones” es el fondo una falsa oposición. Pero políticamente tendrá sentido en tanto que un parte de los grupos regionales perciban en la sociedad nacional una amenaza secular a sus intereses. Es menos una crisis de nacionalidad que de liderazgo de la comunidad nacional. En todo caso lo que está en discusión es la relación de los miembros de esta comunidad y el papel del Estado central como articulador de la misma.

 
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Publicado por en septiembre 25, 2011 en actividad, resumen

 

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